Visita a Alfa Centauri

Para ser impulsados, los chips viajarían sujetos a una vela solar, una lámina ultrafina y muy reflectante. Desde la Tierra, cien millones de láseres distribuidos en un área de un kilómetro de lado combinarían sus rayos de forma coherente en un único haz. Al incidir sobre las velas solares de los chips, las acelerarían hasta el 20% de la velocidad de la luz en apenas unos minutos. En este boceto que acabo de resumir se ha estado trabajando los últimos tres años, y es plausible teóricamente, pues se basa en ingeniería consolidada y no viola ninguna ley física. Ahora bien, la tecnología de la que precisa, desgraciadamente, hoy es inexistente.

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3/3/20186 min read

Yuri Milner, un multimillonario ruso afincado en Silicon Valley, ha invertido más de 100 millones de dólares en reunir a una élite de científicos para que ideen una manera de viajar a nuestra estrella más cercana, Alfa Centauri. Con más cercana quiero decir “pegadita a nuestro Sol” en términos astronómicos, y es la friolera de 4,37 años luz de distancia. Esto quiere decir que está tan “cerca” que la luz “solo” tarda 4,37 años en alcanzarle. Eso le costaría a la luz, pero los humanos con nuestro cohete más veloz tardaríamos unos 30.000 años en llegar.

A lo que se llegó a insistencia de Miller, que invirtió tal cantidad de dinero para presenciar tal gesta en esta vida, fue a enviar una flota de microchips en lugar de astronaves tripuladas, por razones obvias. El proyecto ha sido bautizado como Starshot (Disparo Estelar). En lugar de usar un cohete normal, impulsado por combustible y lo bastante grande como para transportar seres humanos o instrumentos, el proyecto Starshot lo que pretende es enviar una flota de diminutos chips multifunción (equipados con cámaras, espectrógrafos para analizar la composición química de la estrella y hasta un magnetómetro para medir su campo magnético). Cada uno de estos chips iría acoplado a una “vela solar”, la cual sería tan ligera que, al incidir sobre ella un potente haz láser desde la Tierra, se aceleraría hasta alcanzar el 20% de la velocidad de la luz, lo que significa que llegarían propulsadas hasta Alfa Centauri en sólo 20 años. Una vez en su destino, las micronaves transmitirían imágenes y datos a la Tierra, los cuales tardarían otros 4,37 años en arribar.

Empecemos por el tamaño del propio chip. Debe de ser diminuto y pesar unos pocos gramos, pero también capaz de almacenar y enviar datos, transportar su propia fuente de alimentación y sobrevivir al largo viaje:

  • Para el envío de datos, los satélites actuales usan diodos láser de un vatio, pero a distancias mucho menores (hasta ahora la mayor separación ha sido desde la Luna). Para alcanzar la Tierra desde Alfa Centauri, el láser necesitaría tener una puntería extraordinariamente precisa. Por si fuera poco, durante el viaje de cuatro años la señal se dispersaría tanto que solo llegarían unos cientos de fotones. De nuevo, otra especulación, y es enviar las imágenes desde repetidores, mandando datos desde unos chips a otros a distancias regulares.

  • La fuente de alimentación sería el principal problema. Dada la distancia a Alfa Centauri o Próxima b, y los pocos vatios que puedan alcanzarse en un pequeño chip, la señal llegaría a la Tierra extremadamente débil. Hasta la fecha, ninguna fuente de alimentación funciona simultáneamente en oscuridad y bajísimas temperaturas, como es el espacio, y menos pesando menos de un gramo. Se han barajado algunas soluciones como adaptar diminutas baterías nucleares como las usadas en implantes médicos o aprovechar la energía ganada por la vela mientras viaja a través del medio interestelar y se calienta por el rozamiento con el gas y polvo. Todo son especulaciones de momento.

  • En el medio interestelar se desconoce con exactitud la densidad y el tamaño de los granos de polvo que contiene, pero a una velocidad cercana a la de la luz la colisión con estos sería devastadora. Una posible protección podría conseguirse con un revestimiento de cobre y berilio de un par de milímetros de espesor, aunque los granos de polvo aún causarían daños fatales. Con suerte, de los cientos o miles de ellos que se lancen, algunos resistirían.

En orden de dificultad técnica creciente, el siguiente elemento más delicado después de los chips serían las velas solares.

  • Los chips estarían propulsados por la luz que incidiese y se reflejase en sus velas. A más luz reflejada, mayor impulso y mayor velocidad de avance. Pero para alcanzar el 20 por ciento de la velocidad de la luz, la vela debería reflejar… ¡el 99,999% de la luz incidente! Toda la luz que no reflejara acabaría calentando la vela y chamuscándola. Y no solo eso, pues ya habría que tener en cuenta la temperatura que alcanzaría con el láser.

  • En comparación con las velas solares actuales, que hasta ahora han aprovechado la luz del Sol para propulsar algunas naves experimentales en el sistema solar, las de Starshot tendrían que ser mucho más ligeras… del espesor de unos pocos átomos. En el ensayo más parecido efectuado hasta ahora, se ha empleado un haz de microondas para acelerar una vela hecha con carbono de cuatro metros de lado (como las Starshot) hasta 13 veces la aceleración de la gravedad. La vela interestelar, en cambio, tendría que soportar aceleraciones de hasta 60.000 veces la gravedad y resistir además el polvo interestelar. Hoy por hoy no existe un material que sea al mismo tiempo ligero, fuerte, reflectante, resistente al calor y que no cueste millones y millones de dólares…

Por último, estas dificultades no son nada comparadas con las del láser. La única forma de alcanzar una fracción considerable de la velocidad de luz sería empleando un láser de 100 gigavatios, una potencia descomunal, y además actuar sobre cada vela durante varios minutos. Para que os hagáis una idea, el láser más potente creado por las Fuerzas de Defensa de Estados Unidos (para otros propósitos, ejem) sólo se activaron durante billonésimas de segundo. Además, aunque esto se solucionara, la turbulencia habitual de la atmósfera desviaría el haz de cada uno de los millones de láseres de manera diferente, cuando lo que deberían es poder focalizarse sobre cada vela de cuatro metros de lado situadas a más de 60.000 kilómetros de altitud.

Aunque se lograse desarrollar todas estas complicadas y disparatadas técnicas, después tendrían que funcionar en conjunto. Para los líderes de Starshot, el proyecto equivale a armar un rompecabezas con piezas que cambian de forma o que aún no existen. De hecho, el plan para los cinco primeros años según ellos es “recolectar la tecnología”. Los prototipos ya vendrían a continuación y, suponiendo que tengan éxito, la construcción del láser y de la vela podría comenzar a principios de los años treinta de este siglo, y su lanzamiento para mediados de los cuarenta. Para entonces, Starshot probablemente habrá costado miles de millones de dólares y, con suerte, habrá logrado la colaboración de Gobiernos, laboratorios y agencias espaciales en EE.UU., Europa y Asia. “Defenderé mi proyecto, y espero que se apunte más gente”, afirma Milner.

A pesar de la insistencia y desembolso del filántropo, este camino a las estrellas topa con que no resultaría obvio que el objetivo de la misión sea científico. “¿Cómo? ¿Repite eso?” Bien, pues que lo que los astrónomos desearían saber sobre las estrellas NO es algo que pueda aprenderse en un sobrevuelo fugaz… Ir a Alfa Centauri resulta absurdo para muchos expertos. Se trata de un sistema binario formado por dos estrellas similares al Sol. Y ninguna es extraordinaria. Los astrónomos ya saben bastante sobre ellas, y aunque fuese útil comparar sus llamaradas o campos magnéticos con los de nuestro Sol, por poner un ejemplo, la inversión no merecería la pena para lo que se aprendería sobre física estelar viajando hasta allí. Además, si los chips tomaran imágenes y hasta pudieran medir características de estas estrellas, tendrían que hacerlo en pocos minutos. Y, dado el coste final del proyecto y el tiempo transcurrido hasta su lanzamiento, ¿no se podría construir en su lugar un telescopio espacial de 15 metros, observar Alfa Centauri durante meses y obtener así mucha más información que en un sobrevuelo fugaz?

Por fortuna, todo esto se vino abajo cuando en el verano de 2016, un grupo europeo de astrónomos liderado por el investigador español Guillem Anglada Escudé (que nada tenían que ver con Starshot), anunciaron el hallazgo de un planeta alrededor de Alfa Centauri. Lo bautizaron como Próxima b, y está situado a 0,1 años luz más cerca de nosotros. Y no solo eso, sino que se encuentra en la zona habitable del astro. Cuando se anunció el descubrimiento, el equipo de Starshot lo celebró con una cena al otro lado del charco. ¿Persistirían en su objetivo? Ahora más convencidos que nunca.

La debilidad que Miler siente por el proyecto radica en su esperanza de que podrá unir a todas las personas del mundo bajo la idea de que somos un planeta y una especie. Es una idea loable que prefiero la leáis de lo que él mismo dijo al respecto.

En los últimos seis años he pasado la mitad de mi tiempo viajando, en gran parte por Europa y Asia. Me he dado cuenta de que un consenso global es difícil pero no imposible. (…) Soy racional sobre la mayoría de cosas, pero no especialmente sobre los límites de la humanidad. He soñado con ir a las estrellas desde que era niño (…) y creo que la exploración es algo inherente al ser humano. Es algo en lo que destacamos, pero sin duda deberían ser las máquinas las primeras en explorar el universo. Por otro lado, me encantaría ir allí”.