Publica o Perece: La Estafa del Sistema Académico
¿Por qué la academia está haciendo de la ciencia una estafa piramidal y llevando a muchos doctorandos e investigadores al paro y la depresión? Veamos la trampa del publica o perece.
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4/21/20254 min read


La cara oculta de la academia que nadie te cuenta
Permítanme desconfiar de aquello que debe aceptarse simplemente porque ‘los científicos lo respaldan’. Mi experiencia, como la de muchos otros, me ha enseñado que la mayoría de nosotros acabamos atrapados en una especialización que rara vez persigue el conocimiento puro; más bien, se adapta al molde que las editoriales científicas han impuesto para que puedas publicar y no perecer en la senda investigadora. Por eso, desconfío de las afirmaciones hechas por científicos de esta generación con la misma cautela con la que desconfío de un anestesiólogo que pretende aconsejar sobre oncología, solo por el hecho de ser médico. En mi ámbito, cualquier agricultor experimentado puede dar lecciones más valiosas sobre el campo que el catedrático más citado. Y que no se malinterprete: la publicación de resultados es, sin duda, necesaria para que la ciencia avance. Lo que denuncio aquí es que el sistema se ha corrompido. Se ha convertido en una maquinaria diseñada para enriquecer a las editoriales, ampliar la brecha entre investigadores sénior y júnior, y alimentar una estructura de poder que poco tiene que ver con la vocación científica. ¿Por qué?
Porque lejos de ser espacios de descubrimiento y creación de conocimiento, las universidades y centros de investigación públicos han mutado en fábricas de producción académica, donde los indicadores de rendimiento sustituyen al pensamiento crítico, la creatividad y el verdadero valor científico. En esencia, el sistema se ha convertido en una pirámide que se asemeja más a una estafa que a un auténtico motor de progreso.
Desde fuera, podría parecer que existe una lógica jerárquica, donde los avances de los investigadores más jóvenes se construyen sobre el conocimiento acumulado por los más experimentados, sirviendo así de base para futuras investigaciones y de motor de arrastre. Pero la realidad es mucho menos idealista.
Por un lado, están aquellos que recién inician su andadura investigadora, una senda que se dibuja como una silueta borrosa en el horizonte, plagada de incertidumbre e inestabilidad, y que se va construyendo no en función de lo que puedan aportar al conocimiento, sino de su capacidad para publicar. Dentro de este grupo encontramos dos perfiles: los que, a pesar de su esfuerzo y deseo, no logran publicar por la falta de apoyo de los investigadores senior —que ya gozan de la comodidad de una plaza fija y no hay presión— y aquellos que sí logran entrar en el circuito de publicaciones, principalmente porque sistemáticamente los incluyen como coautores. Un gesto que no siempre responde a una colaboración científica real, sino que funciona como un mecanismo de control y promoción dentro de la jerarquía académica.
De este modo, entre los investigadores junior, deseosos de visibilidad y reconocimiento, algunos logran aparecer en numerosos artículos, creando la ilusión de una productividad científica que rara vez se corresponde con el conocimiento profundo que deberían haber adquirido. Muchas veces trabajan en proyectos mal planteados y superficiales, sin el tiempo ni la preparación adecuados. Por otro lado, hay quienes, a pesar de contar con capacidad y conocimiento, ven frustrados sus avances por la negligencia o dejadez de sus acomodados supervisores. Así es como se perpetúa el sistema: los noveles necesitan a los sénior para publicar, y los sénior necesitan multiplicar sus publicaciones y citas para conservar su estatus y sus privilegios. Quien no aprende pronto esta dinámica, queda fuera del juego.
Así llegamos al verdadero núcleo del problema: los académicos senior que ocupan la cúspide de esta pirámide no son figuras pasivas, ni tampoco generosos mentores que allanan el camino a las nuevas generaciones. Son, en realidad, los arquitectos de un sistema que les proporciona abundantes beneficios estratégicos. Su control sobre el ecosistema investigador les garantiza privilegios que exceden con mucho la simple producción científica.
Cada vez más jóvenes entran en este circuito de producción sin contar con la formación ni la madurez necesarias. La presión por publicar ha instaurado una cultura de estudios apresurados, metodologías débiles y conclusiones banales. La ciencia, en lugar de ser una búsqueda rigurosa de conocimiento, se ha convertido en una cadena de montaje donde lo prioritario no es descubrir, sino cumplir cuotas, en un proceso que se asemeja más al funcionamiento de una editorial que al de una institución dedicada al saber.
Debo subrayar que esta situación es especialmente grave en el ámbito público. En el sector privado, por el contrario, la necesidad de resultados tangibles para sobrevivir y prosperar obliga a colaborar con empresas y a centrar los esfuerzos en la aplicabilidad real de las investigaciones, lo que, a largo plazo, suele traducirse en verdaderos avances científicos y tecnológicos. En España, además, donde la línea entre la picaresca y el fraude es especialmente difusa, la investigación pública tampoco escapa a estas dinámicas.
¿Y la solución? El problema es complejo y no se resuelve con una única receta, pero sí con pequeños pasos hacia un cambio cultural y estructural. Para empezar, deberíamos dejar de medir el valor científico en función de la cantidad de publicaciones y priorizar la calidad, la profundidad y la reproducibilidad de los resultados. Es urgente reformar los sistemas de evaluación de investigadores y proyectos, sustituyendo los criterios numéricos (como el número de papers o el factor de impacto) por evaluaciones basadas en la solidez metodológica, la originalidad y la utilidad real de los trabajos. La ciencia no debería premiar a quien más publica, sino a quien más aporta.
También sería necesario romper el círculo vicioso de las coautorías forzadas, limitando las autorías a quienes realmente han contribuido intelectualmente y responsabilizando a todos los firmantes por igual, como una forma de devolver el valor ético al trabajo científico. Y, por supuesto, es imprescindible democratizar el acceso al conocimiento, liberando a la ciencia del secuestro editorial y promoviendo modelos de publicación abiertos y sostenibles.
La ciencia necesita menos métricas y más pensamiento crítico. Menos pirámides y más redes de colaboración real. Y, sobre todo, necesita volver a poner en el centro aquello que nunca debió perder: la búsqueda honesta de respuestas.