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Las larvas de la diabrótica occidental (Diabrotica virgifera), de apenas 2 mm de largo, devoran las raíces del maíz y provocan pérdidas de miles de hectáreas de este valioso cultivo para EE.UU.

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3/2/20183 min read

El mal uso de la ciencia y tecnología ha negado la legitimidad de otras formas de diálogo con la naturaleza. No me voy a poner místico, pero un ejemplo puede ser el sentido común. Desde hace cuatro siglos, la sociedad es rehén de un mito: el mito del progreso y del crecimiento económico ininterrumpido e ilimitado. Cada año, cada país ha de alcanzar tasas crecientes en la producción de bienes y servicios, porque es lo que ha calado en la lógica global: el progreso obedece a la incuestionable y férrea maximización de los beneficios al mínimo costo y tiempo. La Tierra queda así relegada a ser cancha libre para extraerle todo lo que pueda suministrar. Negamos la naturaleza al desconocer su complejidad, y asumimos ingenuamente que está regida por solo un puñado de leyes simples y predecibles que creemos dominar.

Por poner un ejemplo, de las más de 350.000 especies de plantas conocidas, solo 150 han sido domesticadas por el hombre, y actualmente solo ocho (trigo, arroz, maíz, cebada, avena, sorgo, mijo y centeno) proporcionan el 85% de los alimentos consumidos por los seres humanos. ¡Cómo esto no va a tener consecuencias!

Los expertos aseguran que el verdadero problema de muchos de los males del campo radica en la naturaleza misma de los vastos monocultivos, que brindan a las plagas la oportunidad de adaptarse y sobrevivir.

Los cambios tecnológicos en la agricultura convencional han fortalecido el desarrollo de un fuerte proceso de capitalismo desigual, donde sale más rentable tirar la comida que pedirle a los agricultores que no produzcan tanto. Esto mismo ya empezó desde los albores de la Agricultura, hace 10.000 años. El cambio de vida en torno a los cultivos de finales del Neolítico cambió también la distribución del poder. Los nuevos recursos como el trigo, ganado y bronce supusieron una oportunidad para acumular riquezas y subyugar a serviles y mujeres. Fue el comienzo de las civilizaciones forjadas con sangre y fuego.

Démosle al play y contemplemos lo que tenemos hoy. ¿Y nos asusta cualquier imprevisto? Plagas que diezman cultivos, variabilidad climática imprevisible, pobreza extrema, nuevas enfermedades, bacterias superresistentes en aumento, etc. Hemos progresado tecnológicamente, por supuesto, pero no es menos cierto que ese desarrollo ha ido desacompasado siempre con nuestra mentalidad. Somos como un niño mimado con un arma tan poderosa y molona que le hace sentirse el rey de la casa, y que además le hace comportarse como un auténtico déspota egocéntrico y que llora a la mínima de cambio.

En Estados Unidos, sólo un insignificante insecto supone un buen pellizco para la economía del país más potente del mundo. La diabrótica occidental (Diabrotica virgifera) es un escarabajo que se las ingenia para burlar los plaguicidas diseñados para proteger el maíz, un cultivo cuyas ventas anuales ascienden a 50.000 millones de dólares en ese país. Los agricultores gastan cientos de millones en productos fitosanitarios, semillas y mano de obra en la lucha contra esta plaga. Y las empresas agrícolas invierten cientos de millones en la creación de productos destinados a ese fin. El resultado es una carrera armamentística: el escarabajo daña los cultivos; las empresas de semillas crean un producto para acabar con él; este, a su vez, adquiere resistencia frente al producto fitosanitario y el maíz vuelve a enfermar. Pero en el cinturón de maíz estadounidense, los cultivadores no creen tener otra opción.

Las extensiones son demasiado grandes como para permitirse el lujo de una cosecha ruinosa, subyugados por la economía de escala y las inversiones tecnológicas: las cosechadoras de 400.000 dólares, los graneros del tamaño de hangares, los plaguicidas y las semillas transgénicas se han convertido en una escalada de armamentos que ineludiblemente quedan obsoletos con el tiempo.

Esta mentalidad es la misma que predomina en todo el mundo, confirmando lo expuesto al principio. Queremos seguridad, por más que esa obsesión por creernos los únicos con derecho a vivir privilegiadamente y seguros acelere la espiral de problemas socioeconómicos ambientales.

El cerebro de la diabrótica es tan minúsculo que resulta arduo diseccionar, pero la evolución posee su propia inteligencia. Es una lección que no hemos aprendido, aunque se repite una y otra vez. La selección natural siempre acabará ganando la partida.