Farm to Fork: Cómo afecta el plan europeo a los agricultores
Crítica al Farm to Fork (de la granja a la mesa), la nueva pedrada en Europa. Conoce las restricciones, los objetivos medioambientales y el futuro del campo.
9/23/20253 min read


Farm to Fork: La nueva pedrada en Europa
En nuestra sociedad polarizada, se abrazan causas con un fervor que rara vez se aplica a los problemas que realmente afectan a nuestro entorno más cercano. Estas causas, claro, suelen estar impulsadas por activistas encantados de formar parte del sueño dorado de algún grupo de presión con suficientes recursos para que todo parezca una cruzada moral. El problema es que la lógica de muchos movimientos sociales contemporáneos se basa en la idea de que todas las luchas están interconectadas: apoyar una implica apoyar todas. Y, por supuesto, el tema de la comida no podía escapar a esta tendencia.
En Occidente, donde la seguridad alimentaria es más que suficiente gracias a los avances tecnológicos en agricultura, las protestas y reivindicaciones que, de aplicarse, terminarían dañando precisamente al campo, me resultan poco más que un espectáculo de ciencia ficción. Pero, atención, incluso en un continente que no pasa hambre y cuyo campo se mantiene fuerte, la insistencia de estas reivindicaciones ha logrado dar el salto… a Bruselas.
La ambiciosa estrategia ‘de la granja a la mesa’ (farm to fork) de la Unión Europea, piedra angular del Pacto Verde Europeo, se presenta como la hoja de ruta para un sistema alimentario más justo, saludable y, por supuesto, respetuoso con el medio ambiente. Suena tan perfecto que casi duele. ¿Sus metas para conseguirlo? Pues medios que harán todo lo contrario: reducir drásticamente el uso de pesticidas y fertilizantes, y empujar la agricultura ecológica hasta que un 25% de la superficie agrícola europea sea ‘bio’ para 2030. En teoría, el consumo de productos ‘kilómetro 0’ debería recortar emisiones de CO2, y Europa podría dormirse satisfecha con su huella ecológica.
Pero, como siempre, la realidad tiene un humor negro: menos fertilizantes y pesticidas significan cultivos más modestos, y por tanto la agricultura ecológica es menos productiva y necesitaría abarcar más cultivo para alcanzar a la convencional. Estudios de impacto del USDA y del Centro Común de Investigación de la UE advierten que el farm to fork podría reducir la producción agrícola europea hasta en un 12%.
El km0 suena también muy bien, ya que reduce la distancia que recorren los alimentos, por lo que teóricamente se reducen emisiones por transporte y se apoya a los agricultores locales. Pero en la práctica no siempre es tan efectivo porque el transporte de alimentos suele representar una pequeña fracción de las emisiones totales de un producto. Si Europa produce menos porque pasa a agricultura ecológica, necesitará importar más alimentos de fuera para dar de comer a 450 millones de bocas, y normalmente de países donde la producción es menos eficiente y más intensiva en emisiones. Resultado: el km0 local no compensa el aumento de emisiones globales. En otras palabras, fuga de carbono, o como a los activistas les gusta llamarlo en Bruselas, ‘externalización de la sostenibilidad’. Mientras Europa se felicita por su reducción de emisiones, el resto del mundo se come literalmente la factura ambiental: bosques que desaparecen, selvas convertidas en campos de cultivo, sumideros de carbono arrasados. Pero tranquilos, que aquí seguimos respirando aire relativamente limpio mientras la Tierra sufre en el otro hemisferio.
La ironía final es que la promoción de la agricultura ecológica, pensada para proteger la biodiversidad local, podría estar provocando lo contrario a escala global. Europa se siente líder verde mientras exporta deforestación y emisiones a países con regulaciones más laxas. Todo muy coherente… si ignoramos que el planeta entero no tiene fronteras ecológicas. En resumen, la estrategia farm to fork tiene la gracia de convertir, como siempre, una buena intención europea en un autoengaño.