Dioses chapuceros
Si algo funciona lo bastante bien como para que sus deficiencias no constituyan una fuerza selectiva, entonces no hay modo de que la selección natural pueda mejorarlo. Así, aunque cada parte del cuerpo posee una cierta capacidad de reserva para tratar con las circunstancias extremas con las que ocasionalmente se puede encontrar, también cada parte del cuerpo resulta vulnerable cuando se excede dicha capacidad de reserva. No hay nada en el cuerpo que no falle nunca.
EVOLUCIÓNSER HUMANOMEDICINARELIGIÓN
3/11/201810 min read


Richard Dawkins, eminente biólogo y ateo acérrimo, expuso en su bestseller “El gen egoísta” que, si una civilización extraterrestre surcase el espacio en busca de vida inteligente, la catalogaría como tal si esa forma de vida hubiera descubierto la evolución. Nosotros los humanos, como civilización “inteligente”, hubiéramos pasado ese test en 1859, año en que Charles Darwin publicó su obra “El origen de las especies”. Fue a partir de ese momento cuando los aliens podrían decirse: “vale, ya saben por qué están ahí. Son inteligentes”. (Aunque imagino a esos seres quitarnos de la lista al ver por el retrovisor de su platillo el “champiñón” destrozándolo todo).
No es de extrañar que la evolución no se planteara seriamente hasta una fecha tan tardía. La biología, como ciencia, ha sido siempre la más atrasada. Básicamente, porque nadie se atrevía a cuestionarse más allá de Dios o los dioses los porqués de lo que envolvía el origen y diversidad de seres vivos. Los animales, las plantas, la naturaleza en sí, a ojos nuestros parecen tan perfectos que solo un arquitecto divino pudo ser la razón de su existencia.
La evolución, como la ciencia en sí, va muchas veces en contra de nuestro sentido común. Cómo imaginar las leyes de Newton a partir de la gravedad, la relatividad de Einstein a partir de la luz o el origen de todas las especies a partir de la observación de unos pinzones. De la misma forma, la falta de sentido común en estas cuestiones arremete contra lo que vemos o consideramos como “diseño”. Iré al grano, y no con intención de ofender a ningún creyente. Pero quiero que se entienda. Si es imposible haceros creer que nada tiene un diseño inteligente, ningún objetivo ni dirección, al menos grabaros esto: si Dios nos creó, ese día estaba borracho.
Aunque no niego que nuestra fisiología es extraordinariamente precisa, es al mismo tiempo increíblemente descuidada. Por poner unos ejemplos, el conducto que lleva los alimentos al estómago se cruza con el conducto que lleva el aire a los pulmones. En consecuencia, cada vez que tragamos, la vía de aire se debe cerrar para no atragantarnos. Los bebés, en cambio, pueden tragar líquidos y respirar al mismo tiempo, al igual que la mayoría de mamíferos. Pero en el momento en el que inician el balbuceo que precede al habla, ya no pueden seguir bebiendo como perros o caballos. O tomemos el caso de la arteriosclerosis. Una intrincada red de arterias lleva exactamente la cantidad de sangre adecuada a cada una de las partes del cuerpo. Sin embargo, muchos de nosotros desarrollamos depósitos de colesterol en las paredes de las arterias, y el bloqueo del flujo sanguíneo resultante provoca infartos y apoplejías. Es como si el diseñador de un Mercedes-Benz construyera el tubo de gasolina del mismo material con que se fabrican las pajitas.
La respuesta a estas paradojas es que somos el legado de una historia evolutiva. Los muchos defectos de diseño son los que nos hacen susceptibles a diversos problemas de salud, y por eso los médicos deberían conocer este tipo de cuestiones. Sin embargo, la búsqueda de explicaciones evolutivas de la enfermedad en la medicina clínica ha sido, cuanto menos, cobarde. Dado que se supone que la enfermedad es algo necesariamente “anormal”, el estudio de su evolución se ha considerado absurdo. Pero el enfoque evolutivo de la enfermedad no estudia la evolución de ésta, sino las características del diseño de nuestro cuerpo que nos hacen propensos a ellas. Consideremos una enfermedad infecciosa como la neumonía. Una persona de piel clara con una neumonía grave puede ver cómo su piel se oscurece y tener una tos profunda. Bien, la piel se vuelve azulada debido al oscurecimiento de la hemoglobina al faltarle oxígeno. Esta manifestación de la neumonía es como un chirrido en la transmisión de un coche. No es una respuesta del cuerpo para combatir la enfermedad, sino una consecuencia de ésta sin ninguna utilidad. La tos, por su parte, es una defensa. Es el resultado de un complejo mecanismo destinado específicamente a expulsar material extraño del tracto respiratorio. Cuando tosemos, un conjunto de movimientos coordinados que afectan al diafragma, los músculos del pecho y la laringe impulsan la mucosidad y la materia extraña a través de la tráquea hasta el fondo de la garganta, desde donde podemos expulsarlas al exterior o tragarlas; en este último caso, los ácidos gástricos destruyen la mayoría de las bacterias. La tos no es una consecuencia de la enfermedad, sino una defensa coordinada modelada por la selección natural y activada cuando los sensores especializados detectan una serie de señales que indican la presencia de una amenaza concreta. Que los médicos y enfermos (bueno, todos en realidad) sepamos este tipo de cosas es fundamental. Si uno puede hacer algo para centrarse únicamente en eliminar el chirrido en la transmisión del coche y no tanto en la tos, resultará siempre beneficioso. Corta el cable de la luz que indica escasez de combustible y lo más probable es que acabes quedándote sin gasolina. Bloquea excesivamente tus accesos de tos y puede que mueras de neumonía.
¿Y qué me dicen del ojo humano? Sí…, tan “perfecto” que hacía constantemente dudar a Darwin de su teoría. Pues tiene un punto flaco, más específicamente ciego. Para comprobarlo, cierra el ojo izquierdo y con el derecho enfoca un objeto situado enfrente tuya, pongamos, la goma de borrar del extremo superior de un lápiz. Mueve el lápiz hacia la derecha sin dejar que el ojo le siga. La goma desaparecerá en un punto situado a unos veinte grados de tu línea de visión. Por si fuera poco, los vasos sanguíneos de la retina crean otro problema: producen sombras que crean toda una red de puntos ciegos en ella. Para superar ese problema, nuestros ojos se mueven contantemente en diminutas sacudidas de modo que pueden explorar un área ligeramente distinta en cada fracción de segundo. Esta masa de información se procesa en el cerebro, que la recopila convirtiéndola en una imagen coherente. Vamos, que nos engañamos a nosotros mismos al pensar que lo que vemos lo hacemos de forma continua y con ambos ojos, cuando, en realidad, solo podemos verlo de manera intermitente y con uno. Para demostrarte este útil autoengaño, vamos con otra prueba. Entra a una habitación a oscuras, apoya la luz de una linterna sobre tu párpado cerrado, enciéndela y muévela suavemente de un lado a otro. Cuando hayas conseguido la alineación exacta, verás la sombra del intrincado sistema de ramificaciones formado por las venillas y arteriolas que alimentan a la retina. Todo esto no es sino una consecuencia de la inversión de la retina, un defecto universal en los vertebrados. El ojo del calamar, que funciona similar, posee una retina estructurada de forma más “sensata”, en la que los nervios y los vasos sanguíneos parten de detrás de esta. Al tener la retina anclada firmemente por debajo por numerosas fibras nerviosas, nunca se desprende. Pero en nosotros, cualquier pequeña hemorragia en la retina deteriora la visión y el desprendimiento de retina, relativamente fácil, puede llevar a la ceguera.
También se puede culpar a diversos acontecimientos evolutivos del pasado de parte de nuestra vulnerabilidad al daño mecánico. Un fuerte golpe en un lado de la cabeza de un ser humano puede fracturarle el cráneo, dañar el cerebro y causar su muerte o un deterioro permanente. El mismo golpe en la cabeza de un mono puede dar lugar simplemente a un hematoma en el musculo temporal. La diferencia se debe al mayor tamaño de la cavidad cerebral humana y a la reducción de la musculatura de la mandíbula, lo que incidentalmente despoja al cráneo de su antiguo acolchado.
El propio incremento de tamaño del cráneo y la postura erguida dieron lugar a que la cabeza del feto solo pueda pasar con dificultades a través de la pelvis humana, lo que hace que el parto humano sea extremadamente doloroso y se alargue (y eso que nacemos en una fase de desarrollo bien temprana, sino imposible parirnos). Como seres erguidos, además, las vísceras nos cuelgan como si lo hicieran de un mástil vertical. Las vísceras abdominales de los mamíferos están rodeadas de capas de tejidos que cuelgan de la pared superior de la cavidad abdominal. Esto resulta perfecto para los mamíferos que caminan a cuatro patas. En nosotros, la disposición erecta es enormemente ineficaz que provoca problemas tan diversos como bloqueo del sistema digestivo, adhesiones viscerales, hemorroides y hernias. El sistema circulatorio también se ve comprometido por nuestra postura erguida, pues incrementa sobremanera la presión hidrostática en las extremidades inferiores, causando varices e hinchazones de tobillos. El efecto opuesto, el déficit de presión sanguínea en el cerebro, da lugar a vértigos y mareos, o desmayos parciales momentáneos cuando nos levantamos bruscamente después de haber estado agachados (a mí que soy alto, me pasa siempre cuando me levanto). En ocasiones, las respuestas corporales a los problemas son justamente lo contrario de lo que constituiría la mejor solución adaptativa. Cuando el músculo cardíaco es demasiado débil para bombear toda la sangre que recibe, la sangre de los pulmones y de los pies da marcha atrás, lo que provoca dificultades respiratorias, hinchazón de tobillos y otros síntomas de insuficiencia cardíaca. Cabría esperar que esto causara la excreción del exceso de líquidos, pero los pacientes con insuficiencia cardíaca retienen la sal y, por ende, los líquidos, lo que hace empeorar las cosas. Lo que nos dice la evolución acerca de todo esto es que, en el entorno natural, la respuesta era distinta. La mayoría de situaciones de bombeo deficiente de la sangre se deberían a hemorragias o deshidrataciones, por lo que retener líquidos sería la mejor respuesta adaptativa. La insuficiencia cardíaca se da, sobre todo, a una edad avanzada, pero los mecanismos para conservar los líquidos corporales se han mantenido para toda la vida. Este sistema constituye un buen ejemplo de una causa de senescencia que se mantiene debido a los beneficios que proporciona en la juventud.
Y más allá de nuestro cuerpo, qué me decís de nuestro comportamiento y nuestras emociones. Pues yo creo que parecen haber sido modelados por un bromista. ¿Por qué nos apetecen precisamente los alimentos que más nos perjudican, mientras que sentimos un menor deseo por la verdura y hortalizas? O, ¿por qué las respuestas sexuales de hombres y mujeres resultan tan desacompasadas, en lugar de haber sido modeladas para obtener máxima satisfacción mutua? ¿Por qué la felicidad es tan esquiva? Sin duda, al menos para mí, caer en una depresión es lo peor que puede pasar. Te anula completamente. En gran número de personas afectadas por este trastorno, así como su fuerte relación con climas fríos, han hecho pensar a muchos investigadores que el estado de ánimo decaído puede constituir una variante o un residuo de una respuesta de hibernación de algún remoto antepasado. Además, el predominio de mujeres con esta enfermedad sugiere a muchos expertos que tal respuesta podría regular de algún modo la reproducción. Pero, sin negar esto, ¿hay aspectos de nuestro moderno entorno que hagan que la depresión y el suicidio resulten más probables? Sin duda. Los medios de comunicación de masas hacen eficazmente de todos nosotros un solo grupo competitivo, al tiempo que destruyen nuestras redes sociales más íntimas. La competición y no se da en el seno de un grupo de cincuenta o cien parientes y personas cercanas, sino entre casi 8.000 millones de personas. Puede que uno sea el mejor jugador de tenis de su club, pero probablemente no será el mejor de su ciudad y es casi seguro que no será el mejor del país o del planeta. La gente convierte casi todas sus actividades en competiciones, ya sea correr, cantar, pescar, seducir, pintar o dedicarse a la ornitología. En el entorno ancestral uno podía tener una buena posibilidad de ser el mejor en algo. Y aun en el caso de que no lo fuera, probablemente su grupo valoraría sus habilidades. Hoy, todos competimos con los mejores del mundo, y ver a los triunfadores en la TV despierta envidia. Probablemente ésta resultaba útil para motivar a nuestros ancestros a esforzarse en conseguir lo mismo que los demás. Pero hoy, muy pocos de nosotros podemos lograr los objetivos que la envidia señala, y ninguno puede acceder a las vidas fantásticas que vemos en los medios. Los hermosos, atractivos, ricos, amables, cariñosos, valientes, sabios, creativos, poderosos e inteligentes héroes que vemos en la pantalla no son de este mundo. Comparados con ellos, nuestros propios esposos y esposas, padres y madres, hijos e hijas nos pueden parecer profundamente incapaces. Así, nos sentimos insatisfechos de ellos y, aún más, de nosotros mismos. La familia nuclear, último vestigio de estabilidad social, también está condenada. Actualmente más de la mitad de todos los matrimonios acaban en divorcio, y cada vez nacen más niños de madres solteras. Al faltar la familia, hemos de acudir a otra parte para satisfacer dicha necesidad. Cada vez hay más personas que tienen su base social en grupos de amigos, en programas de ayuda como Alcohólicos Anónimos, en grupos de apoyo de todo tipo, o en la psicoterapia. Otras muchas acuden a la religión debido, en parte, al grupo que ésta proporciona. En definitiva, que no digo nada del otro mundo cuando afirmo que la mayoría de las personas queremos ser amados por una persona y que nos cuide, por ser quienes somos y no por lo que podemos hacer por esa persona. Para muchos, esta búsqueda es amarga e infructuosa.
Podría seguir hablando de otros lastres evolutivos y enfermedades físicas y mentales que nos amargan la vida, pero es hora de dejar algo claro. Como un ingeniero, la evolución debe adoptar constantemente soluciones de compromiso. Un diseñador de automóviles podría aumentar el grosor del depósito de la gasolina con el fin de reducir el riesgo de incendio, pero llegará un momento en el que el incremento del coste y la disminución del kilometraje y aceleración obligarán a una solución de compromiso. Así, el depósito de la gasolina se romperá en algunas colisiones, y esta solución de compromiso costará varias vidas cada año. Aunque la selección natural no puede alcanzar la perfección en todos los rasgos al mismo tiempo, sus soluciones de compromiso no son fortuitas, sino que están cuidadosamente modeladas para proporcionar el mayor beneficio neto. Al hilo de esto, terminaré con una anécdota de Henry Ford. Estaba contemplando un depósito de chatarra lleno de ejemplares del modelo T:
—Hay algo que no falle en ninguno de estos coches —preguntó Ford.
—Sí —le contestaron —. La columna de la dirección no falla nunca.
—Bien, pues entonces —dijo dirigiéndose a su ingeniero jefe—, hay que volverla a diseñar. Si no se rompe nunca es que debemos estar gastando demasiado dinero en ella.
Del mismo modo, la selección natural evita el diseño excesivamente costoso...